En torno a cierta arquitectura de Canarias

Sebastián Matías Delgado Campo



En Canarias, desde el momento de la conquista (siglo XV) hasta mediados del XIX (en zonas más rurales hasta casi el XX), se desarrolla una arquitectura cuya tecnología es permanente a lo largo de tan dilatado periodo. los elementos de evolución se concretan en las sucesivas soluciones estéticas, que son casi siempre más epidérmicas que profundas pero que parecen conformar un discurso unitario y coherente que ha calado en el subconsciente colectivo como un pretendido "estilo canario".

Pero a la hora de denominar esa arquitectura no parece haber unanimidad, puesto que se la llama indistintamente "canaria", "popular canaria", "mudéjar canaria", "regional canaria", "colonial canaria" y "tradicional canaria". una somera incursión a través de tales denominaciones puede, con seguridad, arrojarnos luz sobre su verdadera significación y facilitarnos su comprensión.

El adjetivo "canaria" aparece siempre, lo que evidencia con claridad que la consideramos algo nuestro; por supuesto ligada a nuestra realidad histórica, pero también enraizada en nuestro sentir cultural y hasta emocional. ¿Pero cabe hablar de esta arquitectura como una forma específicamente canaria, vernácula u original nuestra? Sabemos que, al tiempo de la conquista, los aborígenes canarios vivían en plena cultura neolítica, y los restos arquitectónicos que nos han llegado son tan rudimentarios que se comprende que no podían dar una respuesta adecuada a las necesidades de la nueva sociedad surgida del impacto con un pueblo como el conquistador, que procedía de una cultura de finales del medioevo, en los albores ya de la edad moderna. así que el nuevo pueblo hubo de echar mano, en lo arquitectónico, de su cultura de procedencia, y sus ejecutores (fragueros, carpinteros, canteros, albañiles, etc.) introdujeron, lógicamente, los modos y soluciones constructivas que conocían.

Haciendo un paralelismo entre arquitectura y lengua (al fin y al cabo la arquitectura es una forma de lenguaje como cualquier otra) podemos constatar que los elementos formales, tanto los de su lenguaje arquitectónico como los de su gramática combinatoria, están igualmente presentes en la arquitectura de otros lugares (baja andalucía, Portugal, etc.), puesto que vinieron de allí. Sin embargo, está la sintaxis, es decir, la manera de conformar con ellos el espacio (que ésta es, en realidad, la disciplina arquitectónica), y aquí sí que el canario ha sabido generar algo propio y diferente.

Por poner un ejemplo significativo, cualquiera puede diferenciar un patio canario (un espacio no edificado sino conformado), con sus galerías de maderas abiertas, cerradas, acristaladas, etc., e incluso con la vegetación (que el canario ha sabido manejar como un elemento arquitectónico añadido, en busca tanto de un esplendor visual como de un microclima), de un patio andaluz o de cualquiera de los patios que ha ido produciendo en la historia la tradicional cultura mediterránea, de donde el patio procede.

La explicación reside en el -a mi juicio- rasgo distintivo de la canariedad. Somos una región cuya entidad geográfica en el mapa es en verdad insignificante y, por si esto fuera poco, no hemos sido depositarios de mas riquezas naturales que la de nuestra situación estratégica, en el cruce, entonces inevitable, entre tres continentes, lo que ha permitido la arribada y el asentamiento en las islas de gentes de muy diversas procedencias y culturas (mestizaje racial y cultural). Frente a esto, el canario ha actuado como una esponja absorbiendo todo lo que le llegaba y sintetizándolo para adaptarlo a sus necesidades, y en este triple ejercicio de absorción-síntesis-adaptación se ha revelado como un auténtico maestro, capaz de ofrecer (como hemos visto en el patio) soluciones originales, llenas de sabiduría, sólo posibles a través de una eficaz maduración.

No es riguroso hablar de un estilo canario, pues ya hemos visto que no es una arquitectura original de las islas, pero sí de una manera canaria de conformarla. en este sentido es en el que cabe hablar de esta arquitectura como canaria, porque, aun cuando luego de ella arribaron a las islas los estilos académicos, desde el neoclásico hasta los de nuestros días, en ninguno de ellos se produjo una tan profunda reelaboración, seguramente por no tener tan dilatada vigencia en nuestra historia.

El calificativo de "popular" se aplica a esta arquitectura de forma imprecisa, pues no se sabe si hace referencia a su origen, a su realización o a su destino. la mejor forma de entender este carácter es atendiendo a su diferenciación con el académico.

La generación de la arquitectura académica responde a un proceso teórico y especulativo (que por ello experimenta una rápida evolución) en el que se manejan criterios fundamentalmente estéticos, a veces muy sofisticados (lo que dificulta frecuentemente la comunión con las vanguardias), como corresponde a una cultura del ocio, del placer y del poder. la arquitectura popular, por el contrario, responde a un proceso experimental, no especulativo (de ahí su evolución lenta), que obedece a criterios de sencillez, sentido común, pragmatismo y economía. la primera es una arquitectura siempre nominada puesto que hay un destinatario y un arquitecto muy precisos, mientras que la segunda, de fácil asimilación colectiva, suele ser una arquitectura innominada en la que, con frecuencia, coinciden autor y usuario.

Es curioso constatar que estos dos procesos han terminado convergiendo en el tiempo, puesto que la arquitectura académica ha venido a descubrir en pleno siglo XX el funcionalismo, la eficacia y hasta la belleza de las soluciones de la popular.

Sentado esto, hay que admitir que no todo en la arquitectura "canaria" es popular; que en iglesias, conventos, ermitas y casonas se mezcla lo popular con lo académico, bien que, en muchas ocasiones, este último aspecto se produce con la cierta ingenuidad de quien no domina plenamente este lenguaje. Y, por otro lado, no toda la arquitectura popular en Canarias pertenece a esta forma de hacer, puesto que en épocas más modernas y dentro de otros estilos también se ha producido un volumen apreciable de arquitectura popular fundamentalmente autoconstruida.



El término "mudéjar", que se le aplica en medios más estudiosos, tiene que ver con aspectos tecnológicos. en efecto, nuestros artífices o artesanos hubieron de dar respuesta a la arquitectura que se les demandaba con materiales modestos (a ser posible existentes en las islas) y baratos (no hubo en Canarias, salvo muy contadas excepciones, medios económicos para levantar construcciones de elevado coste). Para ello dispusieron de piedra (las islas son de origen volcánico), barro (como aglomerante y como base de una elemental industria cerámica para la fabricación de tejas), cal (siempre escasa y costosa) y, sobre todo, madera, abundante en las islas occidentales y con un árbol de excepcional calidad: el Pinus canariensis, el mejor entre los mejores para carpintería de armar y de taller.

Con estos materiales, y empujados en especial por este último, se dieron a la utilización de una tecnología mudéjar que le era particularmente adecuada, bien que por la escasa calidad de nuestras arcillas y la abundancia de piedra se abandonase el uso del ladrillo, tan característico de aquel estilo. Podemos afirmar que la arquitectura que nos ocupa responde a un mudejarismo constructivo cierto en el que el ladrillo se ha sustituido por la piedra, lo que le ha permitido mezclar este aspecto, presente sobre todo en las labores de madera (en algún caso pueden llegar a suponer hasta el 75 % de la construcción), con la presencia, sobre todo en la arquitectura más urbana, de estilos académicos (góticos, renacentistas, manieristas, barrocos y hasta rococós), lo que hace difícil asignar a esta arquitectura, con propiedad, el término "mudéjar" (tan evidente sobre todo en los techos) desde el punto de vista estilístico.

Sin embargo hay otros aspectos más sutiles en los que se evidencia su deuda con las maneras de la arquitectura islámica, como son el funcionalismo de sus elementos y la génesis de los espacios, el crecimiento orgánico de los edificios (casi nunca concebidos de una sola vez) y el contraste entre el austero exterior y el rico interior.

El profesor Pérez Vidal ha utilizado el término "regional" para calificar esta arquitectura, lo que remite a un ámbito geográfico que ya está implícito al añadir "canaria". Por tanto, parece que se quiere indicar que no sólo se da en este archipiélago, sino que además se extiende a todo él. hay que decir que ni esta arquitectura es exclusiva de esta región (y por tanto no basta para explicarla su situación geográfica) ni es uniforme dentro de ella, por cuanto las características climáticas tampoco lo son. Parece haber una cierta homogeneidad en las cinco islas más occidentales y una cierta diferenciación en las dos orientales, y ello fundamentalmente por razones de clima, arbolado y orografía. menos adecuado es el calificativo "colonial", que tiene más bien connotaciones políticas. normalmente se usa este término para nominar una arquitectura importada por el pueblo colonizador (que sí es el caso) para su uso exclusivo, como seña visible de su condición de supuesta superioridad política y cultural frente a un pueblo colonizado que ni la ha asimilado ni tiene la posibilidad de hacerlo; y, desde luego, éste no fue el caso.

En Canarias esta arquitectura fue para todos, todos fueron partícipes de su evolución y fue asimilada por todos, de forma que en su largo periodo de vigencia es prácticamente la única arquitectura que se realiza. Por tanto, si inicialmente fue instrumento de colonización, no lo fue de diferenciación, y por ello no resulta adecuado caracterizarla de colonial. Queda finalmente el término "tradicional", que no alude a otra cosa que a esa vigencia suya en el tiempo (cuatro siglos) debida a su enraizamiento cultural entre nuestras gentes. Su utilización durante tan dilatado espacio temporal ha permitido una profunda asimilación, un amplio dominio técnico, una eficaz adaptación a nuestras necesidades, una significativa aportación de elementos (variedad y riqueza de la carpintería, conformación de fachadas interior y exterior, articulación de los patios, etc.) y una significativa evolución estética hacia el refinamiento incluso en el uso del color, que es señal de madurez.

En el ámbito rural es destacable su adaptación climática, buscando la orientación más adecuada para protegerse de los vientos y aprovechar las brisas y el soleamiento; utilizando las gruesas paredes no sólo como elementos de carga sino también como aislamiento térmico y los grandes huecos para disipar la humedad.



En su adaptación al medio, unas veces se buscaba la integración (horizontalidad) para conseguir la continuidad del paisaje, y otras (edificaciones relevantes, casonas de las haciendas) el contraste para singularizarse mediante el volumen y la utilización de especies arbóreas de altura, como araucarias, palmeras, etc., que favorecieran su localización. Y en los conjuntos, cuando el medio era amable se optaba por la dispersión (el canario es profundamente individualista), pero cuando era hostil se buscaba la agrupación. en el medio urbano es destacable su contribución a la arquitectura de la ciudad mediante la subordinación a lo colectivo (continuidad del plano de fachada) sin renunciar en ningún momento a personalizarla o singularizarla utilizando para ello la cantería y sobre todo la carpintería, elemento central del discurso arquitectónico que progresivamente fue apoderándose de los elementos formales y conquistando el exterior desde el interior, en una auténtica demostración de cómo puede un material excepcional, manejado con una inagotable inquietud expresiva, protagonizar un emocionante discurso unificador de la escena urbana, en el que quedan convenientemente diluidos, o al menos atenuados hasta extremos de casi desapercibimiento, posibles protagonismos.

No debe olvidarse tampoco, junto a piedra y madera, el efecto de los paramentos encalados, que aportan un efectivo contraste mediante dos elementos: la renuncia a las superficies lisas y planas, con su pasión por aprovechar el efecto de la luz al incidir sobre las irregularidades, y el color, en una gama reducida pero atenuando o matizando el blanco en exteriores (que no en interiores) mediante aditivos sencillos (almagre, añil, cochinilla, etc.). la combinación cromática fue siempre equilibrada, lejos de modernos ejercicios de vano exhibicionismo que nada tienen que ver ni con lo antiguo ni con lo adecuado.

Y aún cabe señalar, dentro de este aspecto de conformación del medio urbano, su absoluta libertad volumétrica para adaptarse a la topografía, sin importar la discontinuidad de cornisas y aleros ni las medianerías al descubierto, con su sabia disposición ligeramente sinuosa en la conformación de calles que, obedeciendo a sutiles formas de señalamiento de edificios singulares, ayuda a cerrar y controlar la perspectiva urbana por el peatón, a la par que contribuye a atenuar la penetración del viento, meteoro permanente en las islas.



Esta arquitectura, que fue desplazada por los estilos académicos que se introducen en las islas a partir del neoclá- sico, resurge, de algún modo, con la aparición, dentro de éstos, de la tendencia regionalista que asoma en Canarias tímidamente en 1929 de la mano del arquitecto Pelayo lópez y martín Romero, para ser ignorada durante la etapa racionalista (años treinta) y reaparecer, esta vez con fuerza, en la posguerra, en simultaneidad con la arquitectura oficialista de carácter monumental propia de la autarquía, en dos tendencias diferenciadas: el "barroco colonial" de José enrique marrero y el "neocanario" de Tomás machado. en ambos casos la apelación al lenguaje externo propio de la antigua arquitectura fue total, unas veces con fidelidad a los materiales originales (machado) y otras imitando su aspecto con mortero de cemento (marrero). desde luego fue notorio su éxito entre las clases más acomodadas, y de ello dan buena fe nuestras ciudades.

La reincorporación a los estilos internacionales que se produce desde mediados de los años cincuenta deja a un lado esta arquitectura, pero no definitivamente, porque algunas clases sociales (económicamente pudientes y hasta con cierto nivel de formación, que no de información arquitectónica suficiente o adecuada), resucitan de nuevo (sobre todo para la construcción de la residencia privada individual, ya que el modo de vida urbano y colectivo ha entrado en crisis) esta estética (siempre epidérmica) en una moda que podemos llamar "canarista" y que obedece a un pretendido afán de afirmación propia de lo canario frente a aquellos modos internacionales que les resultan despersonalizados.

Ello muestra la pervivencia en el tiempo de la imagen de aquella antigua arquitectura como la única que el canario identifica como propia y a la que recurre periódicamente para afirmar su propia personalidad. así, pues, parece adecuado llamarla "arquitectura tradicional canaria", que es la denominación preferida por el autor de estas líneas, sin olvidar aquellos matices ya comentados, es decir, resumidamente:

* No se trata de un estilo propio, sino una "manera" de hacer una arquitectura que nos llegó de fuera.

* Puede calificarse de canaria porque en nuestro ámbito geográfico fue donde adquirió personalidad propia, pero no es el único estilo que el canario cultivó, aunque sí el que tuvo un más dilatado periodo de vigencia y una mayor asimilación por nuestros antecesores.



* Tiene mucho de popular, tanto en su origen como en su realización y en su destino, pero ni todo en ella es popular ni es la única arquitectura popular de nuestra historia.

* Aunque predominan tecnología y ciertos aspectos de un mudejarismo muy sui generis, sin ladrillo, no cabe ignorar que el importante papel jugado por la cantería la relaciona con los modos académicos, en un mestizaje típicamente hispano.

* Aunque se extendió a todo el archipiélago, no es uniforme en todo él, con personalidades diferentes en las islas orientales y en las occidentales por efecto de la orografía y el clima.

* La profunda, universal y en el tiempo dilatada asimilación de esta manera de hacer arquitectura por el canario hace que resulte políticamente incorrecto el calificativo de colonial, que queda relegado a una cuestión de mero origen.

* Su permanencia en el tiempo y en el sentir de nuestras gentes, con periódicos resurgimientos, por más que sean puramente estéticos y carezcan de sustancia arquitectónica por lo general, justifica que la consideremos como un aspecto cultural tradicional.

Sólo así podemos acercarnos a una adecuada comprensión y valoración de esta aportación a la historia cultural de nuestro pueblo y de su personal singularidad dentro de lo hispánico.


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